México, una democracia bárbara 

Betty Nazolli.

“Los hombres son frutos de sus obras y los presidentes de México seguirán siendo fruto del tapadismo hasta que el país se canse de que así sea”.

J.R.

Cuando José Revueltas escribe su ensayo “México, una democracia bárbara”, el país se encuentra en uno de los periodos más álgidos de control represivo gubernamental. El mismo en el que se consolidará uno de los más poderosos tentáculos de los que dispondrá desde entonces el gobierno en turno: el “tapadismo”. Siniestra institución que, devenida en términos revueltianos “tabú psicopolítico”, desde el primer momento habrá de someter a todos los partidos, sin importar su filiación política, hasta terminar por ser asumida como un fenómeno “a la mexicana”, es decir, aquél en el que el pueblo mexicano cifra -a partir de sus vicios y virtudes- su permanencia, destino, razón de ser y vía de salvación.

Corre 1958 y en México está por concluir el sexenio de Adolfo Ruiz Cortines. Se podría pensar, dice Revueltas, que Ruiz Cortines, entrado en edad y a punto de concluir su mandato, “sabría colocarse por encima de sí mismo y adoptar una posición histórica superior”, pero los hechos demostraron que no sólo entre sus “prendas” no contaba “ni con mucho, la de la grandeza histórica”, a la par que su “tapado”, Adolfo López Mateos, no dudó en participar de la “perversión” de los procedimientos político-electorales de la Nación.

Ahora bien, podría pensarse que es alrededor del tapadismo que gira este ensayo, pero el verdadero eje es la demoledora crítica que realiza el autor en contra del sistema político imperante en aquel momento de nuestra Nación y de lo que se ha denominado como “política mexicana”, a la que define como una “superestructura de supercherías, conceptos míticos y reducciones ad absurdum, donde se refleja, distorsionada como en un espejo convexo, la realidad auténtica”, de la que la política es el fetiche.

Régimen político y “democracia mexicana” -comprendidos partidos, programas, fraseologías, símbolos y doctrinas- que no son sino un espejismo cuya “falacia” debe ser forzosamente develada, empezando por reconocer que la política mexicana, lejos de ser un ente homogéneo, es un “combinado heterogéneo” de fuerzas y entidades, cada una con su propia órbita de acción. De ahí el impedimento para que el grupo al poder enuncie de modo franco sus objetivos, pues de hacerlo entraría en oposición con los del resto, y de ahí el por qué, a juicio de Revueltas, la clase dirigente presente sus objetivos como “encarnación” de los intereses generales de la sociedad y se erija como “representante de la Nación, la Nación misma, intangible y sagrada, que flota por encima de las ambiciones particulares y de los mezquinos intereses partidarios”.

Ahora bien ¿y los demás partidos, por qué no luchan?, se pregunta el autor y él mismo se responde: si no luchan es porque en el fondo sus intereses de clase “no están contrapuestos, no son distintos, en lo fundamental, a los de la clase dominante misma”. El gobierno en turno es la exteriorización jurídica de un poder real que existe y que se ejerce al margen de las instituciones; es el instrumento formal de la clase dirigente. Una clase que, junto con las que le sean afines, participa de diferentes maneras en el ejercicio del poder sin requerir aparecer en el gobierno, y especifica: “son personas, grupos, corrientes, partidos, que influyen y deciden sobre la marcha de los asuntos nacionales, de acuerdo con el gobierno y en íntimo contacto con éste, y sujetos a una cambiante subordinación mutua conforme las circunstancias lo exigen”.

Así, cuando Revueltas enfila su crítica contra el sistema político de aquel momento histórico, tiene la certeza de que sólo podrán renovarse los sistemas electorales y regenerarse la democracia cuando la oposición “cumpla con su tarea”, no cuando se resguarde en la cómoda posición de esperar a que el gobierno decida escoger al “menos malo” de los “tapados”. De ahí su sentencia: “la democracia bárbara de México se ha vuelto a imponer una vez más y tendrá que transcurrir todavía algún tiempo para que pase de tal estado de barbarie al de la civilización”, y agrega: “sin embargo, no hay que culpar a nadie por esto, pues se trata de un hecho histórico, de una ‘fatalidad’ histórica”. Cuando imperaba el capitalismo fuimos un país feudal y cuando lo hacía el imperialismo, éramos un país capitalista semicolonial. Cuando comenzamos a recibir las enseñanzas enciclopedistas y la noción de los derechos del hombre, la sociedad mexicana era aún inmadura para su comprensión y aún más para su materialización. Nuestra democracia pues se gestó a partir de una lucha armada y de un Estado encarnado en un pueblo en armas: fue una “democracia armada” a cargo de carabinas y de balazos en vez de votos.

A partir de entonces logramos importantes avances democrático-institucionales, pero 65 años después, estamos donde empezamos. Revueltas no se equivocó. La oposición de izquierda fracasó y el México actual no sólo avanza a la zaga: de seguir como vamos, el rumbo de nuestra Nación es precipitarse a la regresión.

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